Un escenario global incierto, pero no necesariamente negativo

Pese a la gravedad de la crisis, podrían registrarse ya crecimientos intertrimestrales en la segunda parte del año

Por: ÁLVARO SANMARTIN

El segundo trimestre del presente ejercicio va a ser probablemente el peor de la historia para la economía mundial. El PIB de una gran mayoría de países se va a contraer a tasas nunca vistas y vamos a asistir también, lo estamos viendo ya, a una subida muy abrupta del paro. Aun así, y sin querer minusvalorar la magnitud del enorme shock que está suponiendo la pandemia, creo que hay razones para un (moderado) optimismo.

En concreto, el escenario macro más probable para la economía global podría muy bien ser el siguiente: crecimientos intertrimestrales significativamente positivos para la segunda parte del año y retorno a la senda de PIB anterior a la crisis no más tarde del final de 2021 o de la primera mitad de 2022.

¿Cuáles son las razones que me llevan a defender la posibilidad de que se pueda lograr un escenario como el comentado? Básicamente tres.

La primera sería la situación de la economía global antes del virus: a diferencia de lo que ocurría en 2008, la economía mundial a la altura de diciembre del año pasado no presentaba síntomas de burbuja. Al contrario, se encontraba en un equilibrio sostenible al que en un principio sería posible volver sin necesidad de pasar por ajustes estructurales prolongados.

La segunda razón vendría dada por el hecho de que buena parte del mundo está ya en proceso de superación de la primera oleada del virus. De hecho, son ya muchas las economías que han comenzado el proceso de reapertura y eso se está traduciendo en una mejora incipiente en algunos indicadores de actividad: aumento en la movilidad, repuntes en ventas minoristas, creación positiva de empleo, mejora tentativa de los índices de sentimiento de consumidores y empresas, etc.

El tercer elemento estaría asociado al tipo de respuesta de política económica que se está dando a esta crisis, sin duda muy diferente de lo que fue el caso en 2008. Por un lado, porque tanto los Gobiernos como los bancos centrales en casi todo el mundo han adoptado medidas extremadamente ambiciosas para evitar una interrupción abrupta del flujo de crédito a la economía real (credit crunch).

Por otro, porque hay ya un número elevado de países que están presentando planes de estímulo fiscal muy agresivos de cara a la segunda parte de este año y primera parte de 2021. Incluso Alemania, hasta hace poco el principal baluarte de la austeridad, presentó hace unos días un programa masivo de expansión fiscal por valor de 130.000 millones de euros y que contempla tanto rebajas temporales de impuestos como estímulos a la inversión y a la compra de vehículos medioambientalmente eficientes.

En este mismo sentido, la probable aprobación en julio de un fondo de recuperación a nivel europeo, de cuantía muy relevante y financiado con bonos emitidos directamente a nivel comunitario, es también una excelente noticia.

En todo caso, y aunque el escenario base sea relativamente constructivo, hay que ser conscientes de que nos encontramos ante una situación incierta, que habrá que seguir monitorizando muy de cerca. ¿Qué debemos mirar con especial atención en el frente de los riesgos?

El que más me quita el sueño es uno sobre el que, lamentablemente, sabemos muy poco como economistas. Me refiero, lógicamente, a la posibilidad de una segunda oleada fuerte del virus. Se trata sin duda de un peligro muy a tener en cuenta y que, por sí mismo, exige mantener un cierto grado de prudencia en las decisiones como inversores. De hecho, los rebrotes a los que venimos asistiendo en los últimos días en países como Corea, China o Alemania es un buen recordatorio en este sentido. En este mismo sentido, la prisa que está mostrando Trump por abrir la economía lo antes posible a pesar de no tener todavía controlada la primera oleada podría muy bien acabarse demostrando contraproducente.

Al mismo tiempo, sin embargo, me resisto a ver esa eventual vuelta del coronavirus como una condena inevitable. Primero, porque la experiencia de países como Corea nos enseña que, con distancia social y con seguimiento exhaustivo de los contactos de personas contagiadas, se pueden controlar rebrotes puntuales y evitar un crecimiento exponencial de la pandemia. Segundo, porque no pierdo la esperanza de que el enorme esfuerzo investigador que se está poniendo en marcha a nivel global pueda permitir el descubrimiento, en los próximos 6-12 meses o bien de una vacuna o bien de un tratamiento efectivo contra la enfermedad.

Para concluir, una breve reflexión sobre nuestro país. Me temo que hay varios factores que van a hacer que la crisis sea para nosotros bastante peor que para otros: importancia mayor del turismo y hostelería en nuestro PIB; mayor peso de empresas de tamaño muy reducido, sin duda más vulnerables en situaciones como la actual; escasísimo margen fiscal, por no haber sabido usar la etapa de expansión económica para poner en orden nuestras cuentas públicas, etc.

Pues bien, precisamente porque nos enfrentamos a un reto aún más difícil que el de otros países, es especialmente importante que, desde las autoridades, se apueste por políticas económicas responsables, que combinen el estímulo económico y la mejora de la distribución de la renta con medidas que fomenten nuestro crecimiento potencial y que garanticen una senda creíble para nuestras finanzas públicas a partir de 2022.

Álvaro Sanmartín es Economista jefe de MCH Investment Strategies

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