¿Por qué la concienciación sobre el cambio climático no se traduce en un cambio de hábitos?

Artículo publicado en The Conversation por Monica Fernández Morilla

En la última década, universidades de todo el mundo han adoptado diversas medidas destinadas a promover la sostenibilidad en la Enseñanza Superior e incluirla en los planes de estudio. Este cambio de paradigma parece estar contribuyendo a que los estudiantes adquieran los conocimientos, habilidades y valores necesarios para luchar por un mundo más sostenible. Pero graves crisis mundiales como la actual pandemia por SARS-CoV-2 nos obligan a replantearnos nuestro comportamiento y a acelerar el paso hacia un compromiso profundo con el medio ambiente y las personas.

Con esta idea, realizamos un estudio con dos objetivos. El primero, explorar los hábitos de consumo de los estudiantes de cuatro universidades españolas (dos públicas: Universidad de Sevilla (US) y Universidad de Cádiz (UCA) y, dos privadas: Universidad Camilo José Cela (UCJC) y Universitat Internacional de Catalunya (UIC)) mediante el análisis de su huella ecológica (HE) individual. El segundo, desarrollar índices de conexión con la naturaleza y de actitud proambiental para determinar las relaciones entre estos índices y el consumo de los estudiantes.

Los resultados mostraron que los estudiantes universitarios tienen una huella ecológica individual inferior a la media nacional y que, al igual que la población general, el mayor impacto ambiental lo realizan desde el consumo de alimentos.

Estos hallazgos coinciden con los resultados de otros estudios previos realizados con jóvenes españoles y de otros países europeos. Parecen indicar un impacto positivo de las buenas prácticas en Educación para la Sostenibilidad desarrolladas en las universidades, de la inclusión de la sostenibilidad en cursos específicos y en diferentes áreas temáticas como ingeniería, ciencias de la vida, estudios empresariales o educación, y el efecto de todas las declaraciones, cartas y alianzas para la sostenibilidad que se han establecido en los últimos años en educación superior.

Más dinero, más consumo, mayor huella ecológica

Pero los resultados evidencian también la necesidad de seguir actuando desde la educación para cambiar los hábitos de la población joven relacionados con el consumo de alimentos.

También parecen apoyar la idea de que un nivel socioeconómico alto y la residencia en grandes entornos urbanos están relacionados con un mayor consumo, ya que se obtuvo mayor huella ecológica en las dos universidades privadas analizadas, UCJC y UIC (situadas en Madrid y Barcelona respectivamente) en relación con la US (Sevilla) y UCA (Cádiz).

Los estudiantes deberían aplicar sus conocimientos sobre las problemáticas medioambientales y de insostenibilidad planetaria a sus decisiones de consumo, especialmente en este momento crítico en el que se ha planteado entre la comunidad científica una relación entre el consumo de alimentos, la destrucción de los ecosistemas y la pandemia.

Querer a la naturaleza, pero no lo suficiente

En relación con los índices de actitud proambiental y conexión con la naturaleza desarrollados, los resultados de este estudio mostraron que a índices mayores no existían unos hábitos más sostenibles (menor HE).

Es preocupante que los mismos estudiantes que sintieron más conexión con la naturaleza (UIC), que mostraron una actitud más favorable hacia su conservación o reportaron una mayor felicidad cuando están en ella (UCJC) fueron, precisamente, los que obtuvieron una HE más elevada como consecuencia de sus hábitos de consumo.

La conexión expresada por los estudiantes con la naturaleza podría interpretarse desde una visión antropocéntrica y funcional, más que desde una visión ecocéntrica en la que la naturaleza se considera hermosa pero frágil, lo que explicaría la presión ejercida sobre ella a través de un consumo desmesurado y descuidado de recursos.

Falta de coherencia y acciones individuales

Estas contradicciones en jóvenes universitarios también se han obtenido en otros estudios, en los que se encontró que los estudiantes mostraban simultáneamente actitudes proambientales y un comportamiento antimedioambiental.

Esto pone de manifiesto la necesidad urgente de realizar intervenciones educativas para mostrar que nuestras acciones individuales tienen una repercusión global y que nuestro consumo está directamente relacionado con el uso de recursos y la destrucción de la naturaleza y sus ecosistemas.

Sólo así podremos prevenir futuras crisis ambientales y sanitarias como la actual, lo que exigirá un mayor compromiso, no sólo a nivel institucional o administrativo, sino también, como se muestra aquí, a nivel individual.