Más mascarillas que medusas en el mar

Hasta la pandemia, el gran problema eran las botellas y los embalajes de un solo uso. Pero los océanos sufren ahora un nuevo tipo de contaminación: al menos 1.560 millones de máscaras acabaron en el mar en 2020

Dos mil millones de mascarillas quirúrgicas compró el Gobierno francés cuando Laurent Lombard, cofundador de Opération Mer Propre (Operación Mar Limpio), lanzó su particular S.O.S. desde la localidad de Antibes, en la Costa Azul: «Pronto puede haber más mascarillas que medusas en el Mediterráneo».


Corría el mes de mayo del 2020, y los buceadores empezaron a detectar la presencia insidiosa de un residuo hasta entonces prácticamente insólito, pero cada vez más visible en las orillas y en los fondos marinos: «Es algo completamente nuevo, todas esas mascarillas. Y es algo que está tan solo empezando, un nuevo tipo de contaminación que llega a nuestros mares».


Hasta entonces, el gran problema eran las botellas y los embalajes de un solo uso. Se estima que todo los años entran en el Mediterráneo hasta 570.000 toneladas de plástico, el equivalente a 33.800 botellas por minuto. A escala mundial, la proporción aumenta a ocho millones de toneladas métricas anuales (algunas estimaciones hablan ya de 29 millones de toneladas en el 2040)


De seguir esta tendencia, a mediados de siglo puede haber en nuestros mares más plástico que peces. Al menos ésa la advertencia que hasta ahora lanzaban los científicos. Lo que nadie había presagiado era esta marea de mascarillas rivalizando con las medusas, amenazando a la fauna marina y a las aves, y poniendo a largo plazo en riesgo nuestra propia salud porque pueden tardar hasta 450 años en descomponerse, y en acabar haciéndolo en forma de microplásticos que pueden entrar en la cadena alimenticia.


Porque como bien advierte Lombard, «si la gente no las arrojara a la calle, no llegarían hasta aquí, pues el 80% de los residuos que acaban en los océanos provienen de tierra firme y son arrastrados por la lluvia hasta los ríos». ¿La solución? «Usar mascarillas reutilizables y alternativas al plástico. Y si no hay más remedio que usar las quirúrgicas, depositarlas en la basura o en un cubo específico. Pero nunca tirarlas al suelo, ni dejarlas caer. Es una cuestión de sentido común».


Al menos 1.560 millones de mascarillas pueden haber acabado en el 2020 en los océanos, según estimaciones de la organización OceansAsia. Se trata de un cálculo a la baja, en torno al 3% de los 52.000 millones de unidades que se calcula que se llegaron a fabricar en todo el año.


Otra estimación, publicada en Environmental Science and Technology, dispara la cifra a 129.000 millones de mascarillas cada mes. Al fin y al cabo, la fabricación de cubrebocas desechables ha sido posiblemente el negocio del año: de 660 millones de euros facturados en el 2019 a 137.000 millones en el año del Covid, según la firma de consultoría Grand View Research.


Hasta las islas Soko, cerca de Hong Kong, llegó la primera ola. El fotógrafo y buzo británico Gary Stoke, que alimentó su pasión por el mar en el Mediterráneo, ha encabezado las expediciones periódicas de OceansAsia a las playas lejanas y a la busca de mascarillas. El mismo las exhibe ante la cámara como si fueran un trofeo de pesca en plena orilla.


Las playas, advierte, son como el rompeolas de nuestra civilización. Los residuos acaban llegando a ellas como restos de un naufragio. Era de esperar que esta vuelta al «usa y tirar» propiciada por el ovid terminara haciéndose cada vez más palpable y visible.


Empezaron recogiendo 70 mascarillas al día, «pero el mes pasado llegamos ya a las 150 en apenas una hora», recalca Teale Phelps Bondaroff, director de investigación de la OceansAsia. «Y lo que es más preocupante, las estamos viendo descomponerse en partes más pequeñas, parcialmente rotas o con algas creciendo alrededor».

Fauna amenazada


Esto está ocurriendo en playas remotas, donde prácticamente no llega la «mancha» humana. Las preocupantes señales han dado la vuelta al mundo en los últimos meses: desde los Grandes Lagos en Canadá a las costas de Brasil, donde en septiembre pasado fue encontrado un pingüino de Magallanes muerto en la playa de Juquey, en São Sebastião. Al hacerle la autopsia se descubrió que había engullido una mascarilla N95 con respirador.


«Se trata probablemente del primer animal muerto por la basura pandémica del que tenemos constancia», reconoció Hugo Gallo Neto, presidente del Argonauta Institute, una ONG local. «Estamos ante una prueba inequívoca del daño y la mortalidad que este tipo de residuos generan en la fauna marina. Llevamos tiempo detectando la aparición de mascarillas en nuestras costas. Este es un problema de política ineficiente para impedir que la basura acabe en el mar. Y también un problema por la falta de una mayor educación de la población, empezando por las escuelas».

Muchas mascarillas desechables terminan en el mar


«Las mascarillas son en cualquier caso la punta del iceberg», volvemos con Teale Phelps Bondaroff, de OceansAsia. «Estamos hablando de una estimación de 6.240 toneladas métricas en el mar en el 2020, frente a los ocho millones de toneladas de plásticos que entran en los océanos todos los años».


«Lo que está claro es que las mascarillas saltan a la vista por su novedad, porque son residuos médicos que no estábamos habituados a ver, y en ese sentido pueden servir para acabar con esa ceguera ante la basura en nuestras costas», advierte el investigador y académico canadiense. «Pero la raíz del problema es nuestra adicción al plástico de un solo uso, que termina encontrando su camino hacia el mar».


La misma receta para los plásticos de un solo uso debe aplicarse, según Phelps Bondaroff, al problema de las mascarillas quirúrgicas que utilizan habitualmente polímeros como el polipropileno o el polietileno: «Los ciudadanos deben reducir su consumo al mínimo y desprenderse de ellos de una manera apropiada. Y los Gobiernos y las empresa deben de adoptar medidas, promover la innovación, buscar alternativas sostenibles, como en el caso de las mascarillas reutilizables e incluso compostables que ya se están fabricando».

Microplásticos


«Una cosa que no suele entender la gente es que el plástico no desaparece cuando entra en el medio ambiente», recalca el director de investigación de OceansAsia. «Es más, se descompone poco a poco hasta llegar a los microplásticos, que son particularmente insidiosos porque pueden llegar a la cadena de alimentación. Los microplásticos absorben toxinas, se bioacumulan en los animales, especialmente en los depredadores, y llegan a nuestro plato».


Los Gobiernos han empezado a tomar cartas en el asunto con campañas de concienciación, distribución de cubos para residuos médicos o imposición de multas ejemplares por arrojar mascarillas. En Francia, sin ir más lejos, pueden llegar de 135 a 750 euros en función de la «severidad» de la infracción, y partiendo de un hecho irrefutable: un mar limpio empieza con unas aceras limpias. El sultanato de Omán ha sido de los primeros ofrecer una programa nacional de retirada segura de mascarillas, por considerarlo como una doble amenaza contra la salud pública y contra el medio ambiente.


En Reino Unido, asociaciones como A Plastic Planet o Surfers Against Sewage (impulsores de la iniciativa Costas sin Plásticos) han volcado sus esfuerzos en los últimos meses en la lucha contra la «basura pandémica». «El problema es aún más acuciante porque las mascarillas no solo aparecen en las playas, sino que nadie las recoge por la percepción de riesgo añadido», advierte Martin Dorey, fundador de 2 Minute Beach Clean Project.


Sander Defruyt, de la Fundación Ellen MacArthur, recalca cómo las mascarillas quirúrgicas son un desafío a las leyes de responsabilidad productiva que se están introduciendo del rebufo de la economía circular: «Aparte que quemarlas, hay pocas cosas que se pueden hacer con ellas. Parecen diseñadas para acabar directamente como residuo».


Según un estudio del University College de Londres, si los 66 millones de británicos utilizaran un mascarilla quirúrgica al día se generarían al año 124.000 toneladas de residuos (el equivalente a 10.000 autobuses de dos pisos). La Real Sociedad para la Prevención de la Crueldad a los Animales (RSPCA) ha impulsado por su parte la campaña Snip the straps para incitar a los británicos a que al menos corten la cintas elásticas de las mascarillas antes de desecharlas, para evitar los incidentes de aves marinas con sus patas atrapadas.


En España, tan solo en el arranque de la pandemia, se adquirieron 659 millones de mascarillas quirúrgicas, el equivalente a 1.300 toneladas de plástico «depositadas en vertederos, quemadas en incineradoras o arrojadas directamente al medioambiente», como recuerda Julio Barea, responsable de residuos de Greenpeace en nuestro país. «No podemos proteger la salud humana sin un medioambiente saludable», recalca Barea.

«Todo empezó con la locura de los guantes de plástico y poco a poco se fue trasladado hacia las mascarillas de un solo uso», recalca Barea. «Es increíble pensar que están diseñadas para ser usadas durante cuatro horas y después desechadas. Y lo malo es que el Covid ha supuesto también la vuelta a la cultura del «usar y tirar». En Galicia, por ejemplo, se ha detectado una subida del 25% de los envases de plástico en los contenedores de reciclaje».


«Afortunadamente, en el mercado hay ya bastante alternativas de mascarillas reutilizables, fabricadas con materiales más respetuosos con el medioambiente, que pueden ser lavadas y desinfectadas hasta cuarenta veces», advierte Barea. «Las mascarillas quirúrgicas no deberían utilizarse salvo en caso de estricta necesidad. Superada la fase de shock, deberíamos ir ir pensando en circuitos de recogida de residuos asociados al Covid. Y en el caso de las mascarillas, quitarles el IVA y ponerles a cambio un precio de depósito, con un sistema de «retorno» en las farmacias, por ejemplo. Estoy seguro de que así veríamos muchas menos mascarillas tiradas por las calles, o abandonadas en un descuido».

Por: Carlos Fresneda, El Mundo