Extracto del último libro de García Aller: “Lo Imprevisible”

La periodista Marta García Aller (Madrid, 1980) aborda en ‘Lo imprevisible’ (Planeta, 2020) todo lo que la tecnología quiere y no puede controlar. Aquí publicamos un extracto de su nuevo libro

Por: Marta García Aller

Este libro no está aquí. No ha podido llegar al lector porque este libro está confinado. Acabé de escribirlo en febrero de 2020, a tiempo de convertirse en una de las novedades de la primavera. O eso creía yo. Brindé por ello con amigos nada más entregarlo. No sabía por entonces que aquella iba a ser la última vez que pisaríamos un bar en mucho tiempo. Ni que este año nos íbamos a quedar sin primavera. De eso iban, al fin y al cabo, las páginas que acabaron confinadas. Advertían de que había que ir acostumbrándose a convivir con todo aquello que no se puede prever.

A principios de marzo, ‘Lo imprevisible’ ya estaba impreso y empaquetado, listo para llegar a las librerías. Y ahí se quedó. Atrapado por sorpresa en las cajas de una imprenta de Igualada, el primer municipio español en decretar el confinamiento total por el brote de coronavirus. Igualada sonaba entonces, igual que Bérgamo, como si fuera el reactor 4 de Chernóbil. No se podía salir ni entrar de allí por el alto riesgo de contagio. Mi editora me llamó para avisarme de que la publicación del libro se retrasaría. La semana siguiente se decretó el estado de alarma que puso a España en cuarentena. Y luego el covid-19 fue paralizando el resto del planeta. Más de tres mil millones de personas nos quedamos encerradas en casa durante semanas para tratar de frenar el virus que cambiaría el mundo.

Así que este libro no es exactamente el mismo que en febrero. De alguna manera, ninguno lo somos. Tampoco el lector. Ya no me va a costar convencerle de que un espejismo tecnológico nos ha hecho creer que tenemos bajo control más cosas de las que en realidad están a nuestro alcance. Eso ha quedado claro ahora que el mundo está patas arriba. Mientras reescribo estas líneas, aprovechando mi propia clausura, aún no sabemos cuánto durará el estado de alarma. Ni cuándo podremos volver a salir de casa para ir a trabajar o abrazar a la familia. Tampoco cuándo volverán a abrir las librerías para que estas páginas, estas sí, lleguen por fin a sus manos. De pronto, ya no sabemos nada del futuro.

Ni de lo que hay a la vuelta de la esquina. Solo hay algo seguro: nunca ha sido tan imprevisible. De pequeña me fascinaba un libro que fantaseaba sobre cómo sería el año 2020 y del que solo recuerdo esa fecha y el dibujo de una bañera robótica. He olvidado también el título, pero no aquel cuarto de baño. De él salían todo tipo de brazos que lavaban, peinaban y secaban el pelo de un niño sumergido en espuma sin mover un dedo. Todavía me da algo de envidia cuando lo pienso.

Tal vez por eso siempre había imaginado 2020 como un año futurista. Y, por supuesto, que a estas alturas ya tendríamos baños con robots. Antes de que esta devastadora pandemia que me tiene recluida en casa mientras escribo provocase la peor crisis económica y sanitaria desde la Segunda Guerra Mundial, los nuevos años veinte se preveían de otra manera. Iba a ser la década dorada del progreso tecnológico y la robotización. De la medicina personalizada y la inteligencia artificial. Y ahora resulta que 2020 es el año en el que Occidente descubrió que no tenía suficientes camas, ni médicos, ni mascarillas para atender a sus enfermos en caso de emergencia. Y mientras la inteligencia artificial y la genética van dando forma a la medicina del futuro, en nuestros hospitales del presente los médicos improvisan batas con bolsas de basura para protegerse.

A principios de año todavía vivíamos ajenos a lo que se avecinaba. Las ferias tecnológicas prometían grandes avances que ahora parecen frívolos (conste que antes del coronavirus, también). En enero se presentó en Las Vegas un minirrobot rodante que se controlaba desde el móvil, pensado para acercar un rollo de papel higiénico allá donde alguien lo necesitara. También se anunció un sensor para avisar con un mensaje al móvil si el baño huele mal antes de tener que asomarse a comprobarlo.

No es esto lo que de niña entendía por un baño robotizado, ni tampoco por lo que pasará a la historia el papel higiénico en 2020. En enero, mientras en la feria tecnológica más importante del mundo se presentaban estos inventos para el supuesto váter del futuro, ya había un nuevo coronavirus extendiéndose por China que pronto llegaría al resto del planeta. En las semanas siguientes, a medida que la amenaza avanzaba, la gente reaccionó, para sorpresa de Gobiernos y reponedores de supermercados, almacenando compulsivamente montañas de papel higiénico. Por inútil que fuera comprar decenas de rollos, el acaparamiento irracional transmitía una paz a la población que ningún robot podría prever. El miedo a lo desconocido entra dentro de eso que a los humanos nos vuelve imprevisibles.

Una epidemia de incertidumbre

La escritura de este libro ha pasado por una moción de censura, dos elecciones generales y una pandemia mundial. La rutina iba desapareciendo mientras andaba yo buscando eso que nos vuelve imprevisibles. Para encontrarlo, he mantenido entrevistas con un centenar de expertos en cuestiones muy diversas: matemáticos, astrofísicos y psicólogos; con filósofos, abogadas e ingenieras; antropólogos, lingüistas y policías; con una niña de tres años, varias empresarias de éxito y un ligón de Tinder; en estas páginas hay también genetistas, meteorólogos y hasta un excombatiente de Irak que ahora reparte burritos a domicilio. No faltan las opiniones —últimamente, nunca lo hacen— de politólogos, epidemiólogos y periodistas, además de las charlas con un par de neurólogos, varios humoristas famosos y algún que otro robot.

Nos hemos ido acostumbrando a los sistemas de inteligencia artificial que calculan por nosotros qué carretera escoger para evitar los atascos y predicen qué tiempo va a hacer. Al fin y al cabo, hay algoritmos para todo. Los hay que generan noticias falsas, invierten en bolsa y anticipan a quién vamos a votar. Otros prometen predecir los delitos, el amor y hasta el orgasmo. Incluso hay robots que conducen, componen música y pintan cuadros como los de Rembrandt. Se automatizan los despachos de abogados, las consultas de los médicos y los templos budistas.

La inteligencia artificial aspira a automatizarlo todo. ¿Todo? No, todo no. Al cómputo del algoritmo siempre se le escapará lo imprevisible. Y, más allá de las pandemias, la vida está llena de situaciones cotidianas que lo van a seguir siendo. Al final, los dilemas humanos son los mismos de siempre, solo que nunca habíamos tenido como especie tanta información disponible. Por eso nos desconcierta tanto descubrir lo vulnerables que somos en realidad. Por una parte, nos hemos vuelto, en cierto modo, más previsibles que nunca gracias al mayor procesamiento de datos de la historia. Por otra, el mundo está transformándose a tal velocidad que desconocemos las nuevas reglas de juego. No es casualidad que tanto desconcierto coincida con un profundo cambio tecnológico.

La nueva era de la predictibilidad técnica se caracteriza, paradójicamente, por una epidemia de incertidumbre. En 2016, nadie vio venir el Brexit ni la victoria de Trump. A partir de entonces, la crónica geopolítica ha sido una sucesión de acontecimientos inesperados. Tanto cambio constante llevaba tiempo desconcertándonos, mucho antes de que llegara el coronavirus. La sensación de estar entrando en territorio desconocido ya se había generalizado en un Occidente a medio repensar.

El exceso de información puede tener mucho que ver con ello. Alvin Toffler ya advertía en ‘El shock del futuro’ que la saturación informativa podía crear mecanismos de defensa en la gente, que necesitaría simplificar tanto el mundo para comprenderlo que acabaría reafirmando sus prejuicios. Era 1970.

La sobrecarga de información también provocó un aumento de la incertidumbre en los tiempos de Gutenberg. En cierto modo, la llegada de la imprenta también trajo consigo una acentuación del sectarismo. Acceder a más información de diferentes concepciones religiosas no generó más tolerancia, sino la convicción de que la única visión verdadera del mundo era la propia. La imprenta supuso un enorme progreso tecnológico para la humanidad que inauguró la Edad Moderna. Sin ella, no se entenderían las guerras de religión de los siglos XVI y XVII que causaron millones de muertos en Europa. La manera en la que accedemos a la información (y a la desinformación) transforma a las sociedades, como veremos en el capítulo dedicado a cómo la verdad y la mentira se vuelven más imprevisibles con los algoritmos.

Cuando los cambios tecnológicos se aceleran tanto, aumenta la sensación de vértigo. ¿De dónde viene tanta incertidumbre, teniendo como tenemos un acceso a la información y unos avances científicos y tecnológicos con los que nuestros padres y abuelos solo podían soñar leyendo a Julio Verne? En menos de un siglo, hemos visto llegar la penicilina y el 5G, los viajes a Marte y la secuenciación del genoma.

Y en el momento más álgido de las promesas tecnológicas, cuando el futuro parecía capaz de automatizarlo todo, el mundo, de pronto, se paraliza de golpe por un virus. Una cuarentena no deja de ser, al fin y al cabo, una técnica medieval para la prevención de los contagios. Tanto algoritmo y tanto big data, y cuando llega la gran pandemia nos tenemos que encerrar todos en casa como en tiempos de Boccaccio, pero con wifi.

Antes de la llegada del covid-19, se me ocurrió consultar con un experto en la estructura del universo. ¿Quién mejor para darle un poco de perspectiva al asunto? Pregunté a Martin Rees, astrofísico y astrónomo real, si veía relación entre la incertidumbre y la era de los algoritmos: “Mira, por ejemplo, la Edad Media en Europa. Fue una época turbulenta e incierta. En aquellos siglos, las cosas cambiaban poco de una generación a la siguiente; los albañiles medievales añadían ladrillo tras ladrillo a un mundo que tardaría más de un siglo en terminarse”. A diferencia de lo que les ocurrió a nuestros antepasados, para nosotros el próximo siglo será drásticamente diferente al actual. Por no saber, no sabemos ni en qué planeta viviremos para entonces. Rees me habló de viajar a Marte muy en serio, pero con cautela. Un astrónomo real sabe lo arriesgado que es hacer predicciones. Su predecesor en el cargo vaticinó en los cincuenta que los viajes espaciales eran “una absoluta tontería”.

La década siguiente, el Apolo 11 hizo historia: “Mis alumnos saben que los egipcios hicieron pirámides y que los americanos llegaron a la Luna, pero ambas les parecen cosas de hace siglos”. En 1969, Rees tenía 27 años. El primero que ponía una piedra para construir una catedral del Medievo sabía que no viviría para verla terminada, pero daba por hecho que aquella estructura perduraría durante siglos. El herrero no sabía si moriría de gripe la semana siguiente, era un riesgo habitual con el que se había acostumbrado a convivir. Nadie dudaba, sin embargo, de que su trabajo sería necesario durante generaciones.

Ahora tenemos pulseras que cuentan las pulsaciones y los pasos que damos al día, pero ese espejismo de control no parece compensarnos ante la nueva incertidumbre. La tecnología actual nos da a los humanos la capacidad de transformar o, incluso, de devastarlo todo. Nunca habíamos tenido tanto poder para cambiar las cosas, y por eso nunca habían cambiado tan deprisa. Cuando hablé con Rees, meses antes de la pandemia del coronavirus, el astrofísico ya me advirtió de que una de las cosas que más le preocupaban sobre el futuro era lo vulnerable que se había vuelto un mundo tan interconectado a los errores de unos pocos. “Ahora una catástrofe tendría repercusiones planetarias —me dijo cuando hablamos—. Podría haber una pandemia que matara a millones de personas en todo el mundo”.

Reconozco que estas últimas palabras me sonaron demasiado apocalípticas y no les hice mucho caso. No pudo ser más clarividente: “La peste negra no llegó a Australia. Pero en este mundo conectado no habría lugar en el que esconderse de un colapso económico global o de una pandemia”. Así que esta no era una amenaza imprevisible, sino invisible. Una que no queríamos ver.

En Occidente, hace años que avanza la sensación de que las nuevas generaciones lo van a tener más complicado que sus padres

En Occidente, hace años que avanza la sensación de que las nuevas generaciones lo van a tener más complicado que sus padres. Cunde la desconfianza en la política, en la economía y en los avances tecnológicos que transforman la sociedad. La inteligencia artificial se presenta como solución mágica de todos los males y, a la vez, su causante. Sobrevuela el temor a que la robotización produzca un desempleo masivo y aumente la desigualdad, al tiempo que se considera que esta es la única esperanza para reimpulsar el modelo productivo.

Como soy muy de preguntar, además de a un experto en el futuro, también consulté sobre este miedo a los cambios tecnológicos a una de las mayores expertas en el pasado. Mary Beard, catedrática de Cambridge de Estudios Clásicos, me dio una perspectiva diferente sobre esta epidemia de incertidumbre: “Nunca ha habido un momento histórico en el que la gente que vivía en él comentara: ‘Oh, qué momento tan calmado me ha tocado vivir’ —me advirtió la historiadora entre risas, pero muy en serio—. Eso no ha pasado nunca, porque cada época tiene sus crisis”. Y la nuestra, según esta célebre experta en la Antigua Roma, más que con la tecnología, de la que me advirtió que esperamos demasiado, “tiene que ver con el futuro de la democracia”. Pasó en el Imperio romano y también en el siglo XXI. Las certezas desaparecen cuando el mundo que conocemos se transforma rápidamente.

Hemos vivido otras épocas de cambios vertiginosos, pero nunca nos los habían contado en tiempo real. Tal vez no es que ahora haya más gente enfadada ni desconcertada que en otras épocas de la historia, es que ahora la vemos quejarse. La retransmisión en vivo de los problemas del mundo alimenta la preocupación por cosas de las que antes nunca nos habríamos enterado. Solo en WhatsApp somos testigos directos de demasiados problemas simultáneamente. Asistimos al desmoronamiento del sistema contado, además, por nosotros mismos y sin filtros. Por eso, la era de los datos es también la era de la incertidumbre. Cuanto más nos empeñamos en medirlo todo, más nos preocupa lo imprevisible.

Cómo acertar una quiniela

Tendemos a sobreestimar hasta dónde puede llegar la tecnología y no a preguntarnos cuáles son sus límites. Los deportes y los juegos siguen siendo excelentes laboratorios para medir hasta dónde llega el poder de predicción de las máquinas, porque, a diferencia de la vida real, se rigen por normas definidas. A medida que avanza la capacidad de cálculo, el papel del azar va quedando más claro. La prueba es que además de ganarnos a un juego de estrategia, como el ajedrez, las máquinas también han aprendido a vencer en competiciones más espontáneas, como piedra, papel o tijera. Cuantas más rondas juguemos contra un algoritmo entrenado para ello, más información recogerá y más probabilidades habrá de que nos gane sacando el puño abierto, cerrado o solo dos dedos, según convenga. Predice el siguiente movimiento basándose en nuestro historial, porque los humanos tendemos a repetirnos más de lo que creemos, y eso es lo que nos hace previsibles.

A diferencia de lo que pasa con rivales humanos, la mejor manera de batir a una máquina jugando a piedra, papel o tijera es no siguiendo ninguna táctica. Aun así, incluso cuando improvisamos, tarde o temprano el sistema reconoce patrones que ni siquiera éramos conscientes de estar aplicando. No somos tan aleatorios como nos creemos, ni en el juego ni en la vida. De ahí que los algoritmos aprendan a anticipar nuestro comportamiento. Aunque no siempre sean tan listos como parecen. El sistema que probé tardó trescientas quince rondas en aprender a ganarme.

A diferencia de lo que pasa con rivales humanos, la mejor manera de batir a una máquina jugando a piedra, papel o tijera es no siguiendo ninguna táctica

Reconozco que, más que en vencerlo, centraba todos mis esfuerzos en jugar a lo loco. Qué difícil es a veces resultar imprevisible. Los patrones ocultos que rigen nuestro comportamiento sin que nos demos cuenta ya están sirviendo para que las máquinas aprendan a ganar a los mejores jugadores del mundo del póker, igual que hace más de veinte años fueron capaces de derrotar a Garri Kasparov al ajedrez. Y si ya sucede con un juego en el que mentir es habitual y hay mucha información oculta, podría pasar con cualquier otro comportamiento humano que se pueda predecir.

La pregunta es hasta dónde pueden llegar los datos. Nicolás Franco cree que no tienen límite. Cuando visité a este experto en inteligencia artificial en su oficina de la consultora mrHouston, me confesó que él y su equipo habían tratado de calcular hasta las quinielas. “Por diversión”, me dijo. El típico pasatiempo de físicos y matemáticos. Franco quería comprobar cómo de previsible es una quiniela, porque le fascinan los límites del azar. Llegaron a asegurarse los doce aciertos, pero a partir de ahí era imposible afinar más. Aunque este doctor en Físicas con ‘summa cum laude’ dice que, en realidad, lo que llamamos azar no es más que todo aquello de lo que no podemos recopilar datos… todavía: “Si contáramos con más información de cada equipo de fútbol, desde el estado de ánimo de cada jugador a cada fenómeno meteorológico de la jornada, podríamos afinar más”. Todo es cuestión de la cantidad y la calidad de los datos de los que se disponga. El resto depende, claro, de lo imprevisible.

Las aparentes dotes adivinatorias del big data radican en la capacidad de analizar millones de datos disponibles que nunca en la historia de la humanidad habíamos tenido. Y eso ofrece enormes ventajas. Plantea también dilemas inquietantes si no entendemos cómo las máquinas toman esas decisiones por nosotros, ni cuándo están recopilando nuestros datos, ni cómo se encargan de filtrarlos. Solo hay que pensar en las apps en las que millones de mujeres registran cada mes cuándo les baja la regla para calcular su próximo ciclo. ¿Saben que muchos de esos calendarios digitales venden la información de sus días más fértiles a empresas que pagan por saber qué semanas son más vulnerables a según qué anuncios? Por eso, este no es un libro sobre el futuro, sino sobre el presente, porque las predicciones también lo transforman.

La inteligencia artificial no es un poder infalible, solo una herramienta más para hacernos la vida más fácil. Por eso, es el momento de preguntarse cómo funcionan todos estos algoritmos presuntamente predictivos y cuáles son sus límites. Las tecnologías asociadas al big data, igual que pueden salvar vidas anticipando el riesgo de inundaciones o el mejor tratamiento para un cáncer, también pueden estar anticipando erróneamente conductas futuras, como los sistemas de cálculo de reincidencia que utilizan en los juzgados estadounidenses para determinar quién merece y quién no la libertad condicional. Equivocarse en las predicciones influye en las decisiones que tomamos ahora.

Si nuestro rastro digital revela nuestros deseos y nuestros miedos, quien tenga acceso a esa información sabrá qué mensajes nos influyen más en cada momento

Aumenta la velocidad del cambio político, económico y social, y, sin embargo, nuestros pequeños gestos cotidianos están cada vez más monitorizados. Si nuestro rastro digital revela nuestros deseos y nuestros miedos, quien tenga acceso a esa información sabrá qué mensajes nos influyen más en cada momento, ya sea para vender un producto o una idea política. De las profecías que se cumplen a sí mismas ya hablaban los antiguos griegos mucho antes de que existiera la publicidad programática. Otorgamos a los números cada vez mayor poder. A las cifras, a diferencia de a las palabras, les confiamos el don de la objetividad, pero los algoritmos no son neutrales. ¿Hasta qué punto nos conocen los números realmente? Depende de la calidad, no solo de la cantidad, de la información. Si no, un robot que analizara estadísticamente el cuerpo de la gente podría llegar a la conclusión de que todos los humanos tenemos de media una teta y un testículo.

De menos a más

La inteligencia artificial ya está tratando de anticiparse a nuestros gustos y nuestros miedos; algunos sistemas prometen calcular hasta la esperanza de vida de cada uno. Predicen el riesgo de tener un accidente de tráfico, sufrir diabetes o un ataque al corazón. También calculan si una película puede ser o no un éxito en taquilla, y ya hay bancos que investigan si concederle o no un crédito a un cliente fijándose solo en las fotos en las que ha dado al “me gusta”. Hay botellas de agua que mandan un mensaje al móvil cuando nos estamos deshidratando y pulseras que avisan a las aseguradoras de si llevamos o no una vida sana. Pero nada de esto logra reducir la perplejidad de estar viendo desde la ventana un mundo en profunda transformación.

No hace tanto que mucha de la información que ahora conocemos por anticipado parecía imposible de augurar. Pero todavía está lejos de resolver algunos de los mayores problemas a los que se enfrenta la humanidad. ¿Hasta dónde puede ayudarnos esta tecnología en las cosas realmente importantes de la vida? ¿Cuánto se podrá prever a medida que la capacidad de cálculo aumente? ¿Cuánto de lo que nos rodea seguirá siendo imprevisible?

En medio de esta carrera tecnológica empeñada en controlarlo todo, los algoritmos no anticiparon la llegada de la última pandemia, ¿o sí?

En medio de esta carrera tecnológica empeñada en controlarlo todo, los algoritmos no anticiparon la llegada de la última pandemia, ¿o sí? En el siguiente capítulo veremos por qué no ha sido necesariamente un problema tecnológico. Luego, el libro se dividirá en dos partes. En la primera, veremos ejemplos de cómo la tecnología nos está volviendo cada vez más previsibles. En la segunda, casos en los que difícilmente llegaremos a serlo. Aunque el mundo se transforma tan rápido que tal vez en breve haya que cambiar algún capítulo de sitio.

La primera parte empieza en la gruta de la Sibila de Cumas, cuando solo los dioses conocían nuestro destino, y llega hasta un laboratorio en el que un científico investiga si lo llevamos escrito en los genes. Si pudieran editarse los genomas de los hijos antes de tenerlos, ¿alteraría la ciencia la definición de quiénes somos? También hay algoritmos que prometen predecir qué profesión se le dará mejor a un niño en el futuro. ¿Hasta qué punto saberlo condicionará su vocación? Así empieza la segunda parte del libro, la que aborda lo que nos hace más imprevisibles, porque el futuro del empleo necesariamente lo será. Al menos, el humano. El rutinario, tarde o temprano, se robotizará.

Vamos a necesitar reaccionar constantemente a nuevos retos. Siempre nos estamos inventando maneras de hacernos la vida más fácil, que a su vez crearán nuevas necesidades que precisan de tecnologías que luego ocasionarán otros problemas que tendremos que resolver. Por eso, el futuro es imprevisible. Porque a diferencia de los sistemas informáticos, nosotros nunca nos conformamos con lo que tenemos.

Así que difícilmente los robots conquistarán la Tierra: carecen de ambición para hacerlo. Las máquinas no sienten deseo de poder, ni empatía, ni miedo. Tampoco tienen, como veremos, sentido común. Un niño de cinco años sabe más de cómo funciona el mundo que un superordenador capaz de detectar cien tipos de tumores. Así que no podemos esperar que las máquinas piensen o decidan por nosotros, solo son una herramienta. La responsabilidad moral de las decisiones ha de quedar siempre del lado de las personas.

Difícilmente los robots conquistarán la Tierra: carecen de ambición para hacerlo. Las máquinas no sienten deseo de poder, ni empatía, ni miedo

Un algoritmo no puede decidir qué es o no mejor, porque mejor y peor son conceptos humanos. Por eso es tan controvertido el uso que de ellos se está haciendo en juzgados y fronteras. ¿Estamos seguros de que están bien programados? ¿Conocemos sus límites? Como ya no vamos a poder vivir sin la inteligencia artificial, lo mejor será empezar a comprenderla.

Los datos nunca son objetivos. Si un sistema informático llega a alguna conclusión, alguien lo ha programado para ello. Y los algoritmos, como veremos, pueden ser una peligrosa fuente de discriminación. La inteligencia artificial reproduce sesgos que no entiende. Porque no es realmente inteligente. Hace cosas extraordinarias, pero no comprende por qué lo son. Eso no quiere decir que siempre debamos fiarnos más de la gente que de las máquinas. La estupidez humana, de la que hablaremos en el penúltimo capítulo, puede ser más peligrosa que la inteligencia artificial. Y, desde luego, resulta imprevisible.

Sin embargo, hay algo aún más difícil de prever que una idiotez: la risa. El humor es una de las cualidades más sofisticadas de la inteligencia. Tal vez sea lo más difícil, junto con el sentido común, que puede aspirar a aprender una máquina. Es la última frontera de la inteligencia artificial. Lo imprevisible es el viaje a todo lo que los algoritmos todavía no pueden controlar en la era del big data y a aquello que pueden, pero tal vez convenga replantearse si deben.

Cuanto más nos acostumbremos a estos incipientes sistemas que predicen nuestros gustos y anticipan peligros, más nos asustará y fascinará todo aquello que no podemos controlar. El problema central del futuro no va a ser los robots, sino qué significa ser humano. Y a medida que vayamos dejando más decisiones en manos de las máquinas, más importante será lo imprevisible.

Artículo publicado en El Confidencial

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Facebook
LinkedIn