¿Cuáles son los criterios éticos para valorar avances tecnocientíficos?

Begoña Román Maestre, profesora de filosofía moral de la Universitat de Barcelona, reflexiona sobre los 8 criterios éticos para valorar estos avances tecnocientíficos que tenemos en el día a día de nuestras actividades.

El impacto de la tecnociencia en la vida de hoy es total. Muchos de los hallazgos científicos acaban convertidos en herramientas y dispositivos (móviles, ordenadores, coches) sin los cuales somos casi incompetentes. Tienen impacto en la sostenibilidad medioambiental, pero también en la mejora de nuestras capacidades, las de nuestra descendencia e incluso en nuestra longevidad y posible inmortalidad.

Gracias al avance de los conocimientos y de la técnica, cambiamos las formas de alimentarnos, de divertirnos, de reproducirnos… Pensemos, por ejemplo, en el uso de los animales: para comer y hacerlos trabajar, para experimentar, para entretenernos cuidándolos. Pensemos en la gestación por sustitución (popularmente conocida como el uso de “vientres de alquiler”) como técnica de reproducción asistida.

La tecnociencia se impone como progreso. Saber es liberador. Pasamos así de la “chance” a la “choice”, del azar a la elección. Sin embargo, no siempre lo nuevo es bueno: tener más opciones nos priva de otras, o nos somete a nuevas ataduras. No todo lo que es posible hacer desde el punto de vista técnico es éticamente bueno. El progreso técnico también tiene efectos colaterales.

Nuestra sociedad vive tan acelerada que los avances no nos pillan ni preparados ni listos. Cuando surgen nuevas posibilidades, a menudo improvisamos sin pararnos a considerar las consecuencias. No prevemos el impacto en la aldea global de una técnica de uso masivo, antes de adoptarla; o la exclusión a que somete adoptarla a quienes no tienen acceso a ella. Nos recuerda Hans Jonas que descubrimos qué está juego cuando descubrimos que está en juego.

Necesitamos más ética que mera moral

¿Desde qué valores juzgaremos si las consecuencias que genera la tecnociencia son buenas y malas? En sociedades plurales, donde no compartimos todos los valores, no podemos dar por supuesto que estamos de acuerdo en lo que es bueno o malo. La moral es vivida y transmitida culturalmente; la ética, que es filosofía sobre la moral, la cuestiona.

En esta era tecnocientífica necesitamos más ética que moral, más reflexión que mera acción; pues hay que que dar razones de por qué llevar a cabo unas acciones y abandonar otras. Por ejemplo: por qué recuperar la costumbre de usar vidrio y abandonar los plásticos.

Ética mundial y de la responsabilidad

Necesitamos una ética para el mundo y su cuidado. Por eso, esta ética debe ser una ética de la responsabilidad. Y las cuestiones a las que dar respuesta son: quién debe responder, de qué y ante quién. La ética desde la que entender qué tipo de tecnociencia queremos, y cuál no, debe ser la ética cívica. Esta no nos dice cómo debemos vivir, pero sí ha de garantizar la vida en condiciones de dignidad, autonomía y justicia para todos. Desde ese marco genérico de los derechos humanos necesitamos pensar juntos en el mundo que creamos.

La ética en la era de la tecnociencia deber ser cívica, para la aldea global, de acuerdos de mínimos para todos, sin excluir a nadie. Debe ser una ética que amplíe la libertad y no la someta a riesgos desconocidos, como el riesgo de perder la libertad misma. No olvidemos que desconocemos de dónde viene esa libertad primera a partir de la cual nos preguntamos qué hacer. Y es la vivencia moral, posibilitada por nuestra libertad, la que nos humaniza. Por todo ese pensamiento en la incertidumbre y ante la complejidad, institucionalizamos comités de ética (de la investigación, asistenciales, de las organizaciones) y formamos a los profesionales en la responsabilidad de su quehacer.

Ocho criterios

Para argumentar las decisiones que tomar como humanidad desde este marco ético mundial y desde la responsabilidad, los siguientes criterios o pautas nos podrían servir de guía ante las problemáticas concretas sobre las que decidir:

  1. La universalizabilidad nos exige pensar en todos nosotros como afectados por la acciones. La cuestión clave es entonces: ¿sería correcto que todo el mundo lo hiciera?
  2. La responsabilidad nos exige transparencia. Si todo el mundo supiera que lo hemos hecho, ¿nos daría vergüenza, o nos sentiríamos culpables?
  3. Mucho más directa es la cuestión de la reciprocidad, ¿qué pasaría si me lo hicieran a mí, si me pagaran con la misma moneda?
  4. Desde Hipócrates los profesionales del cuidar saben que no se debe dañar. Por eso la pregunta ahora debe ser cómo afecta esa acción a quienes se hallan en situación de mayor vulnerabilidad.
  5. Como debemos pensar en los impactos a medio y largo plazo, la pregunta pertinente es si será sostenible ecológica y económicamente.
  6. Como aprendemos a partir de ensayos, aciertos y errores, deberíamos, prudente y precavidamente, pensar en si la acción es revocable. Nos sugiere Aristóteles en su “Ética a Nicómaco” optar por vías intermedias de acción, adoptando un término medio, pues los extremos, por exceso y por defecto, son vicios.
  7. El criterio de la trascendentalidad nos ayuda a jerarquizar conflictos entre derechos. Por ejemplo, es superior el derecho a la vida que a la calidad de vida, porque solo desde la vida se puede juzgar sobre su calidad; pero cuando hablamos de la vida de un adulto competente, es la calidad la que prima.
  8. Otro criterio podría ser la utilidad, es decir, obtener el mayor beneficio para el mayor número de personas.

Una ética para la era tecnocientífica exige pensamiento en acción, es decir, capacidad crítica y racional concertada. Para ello necesitamos transferir conocimientos, también de ética. Y, más allá de la ética personal o profesional, y de nuestras intenciones o buena voluntad, una ética cívica y organizativa para acordar y concordar cómo compartir una Tierra que vale la pena cuidar y en la que cuidarnos.


Esta reflexión forma parte de “Diàlegs a la Ramón y Cajal”, un ciclo de seminarios para comprender el mundo actual que desarrolla L’Observatori de l’Estudiant de la Universitat de Barcelona.

Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Aquí el artículo original

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